Este jugador ingles de 23 años y casi 2 metros de altura se da a conocer en todo el mundo, gracias a la lesion de Ronney, Crouch pudo debutar de titular frente a jamaica, la gente se esperava que no fuera muy bueno por ser tan alto porque en el futbol los altos suelen ser muy torpes, pero este jugador ja puede medir casi los dos metros que izo un exelente partido, marcando un "Hat Trick" y demostrando su velocidad y su gran tecnica.
Si Ronney no se recuper veremos a este gigante jugar el mundial de alemania,hi todos esperan que asi sea.
martes, febrero 07, 2006
Nuestro miedo a que el comunismo pudiera
apoderarse del mundo no nos dejó ver
que de hecho, el anticomunismo ya lo había hecho
Michael Parenti
Fue en los primeros días de la guerra de Vietnam cuando un oficial del Vietcong dijo a su prisionero americano: “Erais nuestros héroes tras la Guerra. Leíamos libros americanos y veíamos vuestras películas, entonces lo que más deseábamos era Ser tan rico y sabio como un americano. ¿Qué ocurrió?”
Lo mismo le podían haber preguntado un guatemalteco, un indonesio o un cubano durante los diez años anteriores, o un uruguayo, un chileno o un griego en la década siguiente. La buena voluntad y la credibilidad internacional de la que disfrutaban los Estados Unidos al fin de la Segunda Guerra Mundial se fue disipando, país por país, intervención tras intervención. La oportunidad de construir de nuevo un mundo arrasado por la guerra, de establecer las bases para la paz, la prosperidad y la justicia, colapsó bajo el horroroso peso del anticomunismo.
Este peso venía incrementándose desde hacía algún tiempo; de hecho, desde el primer día de la Revolución Rusa. En el verano de 1918 unos 13.000 soldados americanos se encontraban en la recién nacida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dos años y miles de bajas después, las tropas americanas se fueron, fallando en su misión de “matar nada más nacer” al estado bolchevique, como Winston Churchill lo denominó3.
El joven Churchill era entonces ministro de Gran Bretaña para la Guerra y el Aire. Poco a poco, fue él el que dirigió la invasión de la Unión Soviética por los Aliados (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y muchas otras naciones) unidos en la contrarrevolucionaria “Armada Blanca”. Años después, Churchill el historiador recogería sus opiniones de este hecho singular para la posteridad:
“¿Estaban [los aliados] en guerra con la Rusia Soviética? Desde luego que no, pero disparaban a cualquier ruso soviético que estuviera a la vista. Estuvieron invadiendo tierra rusa. Armaron a los enemigos del gobierno soviético. Bloquearon sus puertos, hundieron sus acorazados. Desearon y planearon su caída con gran interés. ¿Pero guerra? ¡Inaceptable!, ¿Interferencia? ¡Vergonzoso!. Era, repetían, una cuestión completamente indiferente para ellos la manera en la que los rusos llevaban sus asuntos internos. Eran imparciales ¡Bang!”
¿Qué había en esa revolución bolchevique que alarmó tanto a las naciones más poderosas del mundo? ¿Qué les llevó a invadir una tierra junto a la que habían luchado codo con codo durante más de tres años, y que había sufrido más muertes que cualquier otro país de ambos bandos en la Guerra Mundial?
Los bolcheviques tuvieron la audacia de hacer la paz en solitario con Alemania para apartarse de una guerra que veían como imperialista, y de ningún modo su guerra; y para así poder reconstruir su terriblemente devastada Rusia. Pero los bolcheviques tuvieron la audacia mucho mayor de derrocar un sistema capitalista-feudal y proclamar el primer estado socialista en la historia mundial. Esto era una osadía inaceptable. Este fue el crimen que los Aliados tenían que castigar, el virus que había que erradicar antes de que se extendiera entre su gente.
La invasión no consiguió su propósito inmediato, pero sus consecuencias fueron lo suficientemente profundas y persistentes como para llegar hasta nuestros días.
El profesor D. F. Fleming, historiador versado en la Guerra Fría de la Universidad de Vanderbilt, escribió:
Para el pueblo americano no existe la tragedia de las intervenciones en Rusia, o como mucho es un incidente insignificante ocurrido hace mucho tiempo. Pero para las gentes soviéticas y sus líderes ese periodo fue un tiempo de asesinatos continuos, saqueo y rapiña, plaga y hambre, sufrimientos desmedidos para millones de personas – fue una experiencia que quedó grabada a fuego en el alma de la nación, inolvidable durante muchas generaciones. Durante un gran número de años, la dureza del régimen soviético puede justificarse por el miedo a que los poderes capitalistas volvieran a terminar el trabajo. No es extraño que en su conferencia en Nueva York, el 17 de septiembre de 1959, el primer ministro Krushchev nos recordara esas intervenciones diciendo: "hubo un tiempo en que mandasteis tropas para exterminar nuestra revolución.”
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Stambul:
«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
e esplendor,
ue no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.»
Pablo Neruda.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Pablo Neruda.
Supongo que te lo pensarias dos veces......